Después de ver esta película que ni siquiera elegí, pensé que en algunas cosas sería bueno ser menos Paco y más Cándida. Y esa es, en definitiva, una de las posibles cualidades del arte: abrirnos, enfrentarnos a nuestras entrañas, crecer. Y eso es lo que ha hecho Guillermo Fesser en su ópera prima. Y es eso justamente lo que hacen cada tarde Gomespuma disfrazando la sensibilidad de humor, demostrando que de la risa al compromiso hay un camino tan sencillo y necesario como la mirada cálida de Cándida. Id a verla.
Por uno de esos pactos que no se hacen pero se cumplen ese día no me tocaba elegir película en el cine. Protesté e intenté sobornarla pagando el chino cuando me dijo “vamos a ver Cándida”. Persuasión imposible. En diez minutos estábamos en la cola más heterogénea que he visto nunca esperando ver al angelito de las patas gordas. “Pero si te a ti te gusta Gomaespuma” – intentó convencerme. “Sí, pero esta peli me suena a reality sobre mujer mayor y entradita en carnes que la sacan haciendo cosas atrevidas como jugar al béisbol”. Al salir del cine tuve que tragarme mi crítica cinematográfica barata, bate de béisbol incluido. Porque Cándida vale la pena. Porque Cándida es, entre otras cosas, una radiografía tragicómica de ciertos pedazos de nuestro “primer mundo”. Porque Cándida nos hace reír, pensar y crecer. En la sociedad del bienestar, con la nevera repleta y la caña con boquerones en el bar de abajo, hemos perdido la costumbre ancestral de la lucha por la supervivencia. Con la barriga llena inventamos problemas fantasmas, nudos psicológicos, banderas afiladas. Cándida, por el contrario, ha luchado prácticamente desde que nació. Carece de esos lastres, no le alcanza para comprar su tristeza. Por eso luce una sonrisa eterna y una mente lúcida, receptiva a la pequeña hermosura cotidiana. Cándida es un Quijote con fregona y lengua propia, cautivado por el ideal de una vida bucólica, armado con una honradez a prueba de billetes olvidados, que disfraza a sus hijos perdidos de dulcineas traviesas, que lucha contra los molinos de la miseria material y humana. Al final la realidad y el amor la devuelven a su barrio pobre madrileño pero en el camino ya ha contagiado a todo el mundo de locura dulce.
Es domingo 7 de enero de 2007 por la tarde. Son las 6,30. Llevamos desde ayer intentando comprimir un vídeo, llamando a programadores de salas, diseñando carteles para los conciertos de Francia, cambiando las cuerdas a la guitarra, grabando cds para el guitarrista nuevo (Rafa está en Irlanda), repasando el inglés para hacerme entender un poquito en los conciertos de Europa, etc. Para el que todavía crea que “los músicos no trabajan” le invito a pasar un día conmigo. Este trabajo es un 50% de burocracia, 20% de ensayos, 29% de composición en soledad y un pequeño 1% de tensión-liberación encima de un escenario. Si hiciera ese cálculo con frialdad dejaría de ser músico. Si todo fuera una cuestión de cálculo tendría que aceptar que mi trabajo no me gusta. Si todo fuera una cuestión de gustos tendría que recalcular variables y cambiar de rumbo. Pero un día llega una persona y te dice que ha pasado unos días difíciles y que ha utilizado tu disco como terapia agridulce, que ha sentido una complicidad silenciosa, que se ha reído con alguna expresión, que la soledad de sus “macarrones con tomate” ha sido una soledad compartida. Otro día llega otro amigo y me dice que se pone mi segundo disco para follar (una canción concreta que no pienso reproducir para no daros ideas). Otro día otro amigo me da las gracias por una canción que en realidad no estaba dedicada a él. Y yo primero pongo cara de sorprendido pero luego asiento pensando que total, en realidad podría haber estado dedicada a él, porque el arte es un elemento en movimiento constante, con cientos de interpretaciones y caminos que elegimos a nuestro antojo. Y después de encontrarme a esas personas o de encontrarme a mí mismo en medio de algún párrafo, me doy cuenta de que ya nada tiene que ver aquí el cálculo ni los tantos por ciento ni lo que en realidad me gusta o no. La única razón es que, me guste o no, para seguir sintiéndome honesto, después de haber encontrado una fórmula, un estilo, tengo que seguir traduciendo emociones, contagiando de ficción la realidad, buscando complicidades. Por eso mañana me levantaré y volveré a comprimir videos, llamar a programadores, diseñar carteles, cambiar cuerdas, grabar discos y tantos otros trabajos que en teoría no me gustan, trabajos a veces pesados y siempre necesarios, como eslabones grises de una cadena que acaba llevando mis miedos a tus miedos, tus versos a mis cuerdas, mis juegos a tu patio.
Un día una cantante de un programa que empieza por O y acaba por T me dijo llorando en un camerino: "es que no me distribuyen bien los discos y no vendo". Y yo estuve a punto de decirle: "Llora por cosas más importantes. Tienes ahí fuera más de 2000 personas esperando verte, niñas que proyectan parte de sus sueños sobre ti, 90 privilegiados minutos de escenario para transmitir cosas al tiempo que sientes una emoción indescriptible. Eso es lo importante. Lo demás son lucecitas de colores, show business." Pero al final le dije: "sí, está chungo esto de la distribución". No hay excusa que valga. Nada de "es que cierran las salas de conciertos", es que "me piratean los discos", etc. Claro que cierran los bares de conciertos. Los ayuntamientos prefieren mantener el silencio de los hogares de sus votantes para que a partir de las 22 h. éstos puedan ver tranquilamente la tele. Los que apagamos la cajita tonta, bajamos a la calle y buscamos cultura viva a veces nos olvidamos de votar o votamos en la dirección "equivocada". Claro que se piratean los discos. Después de pagar entre otras cosas 1000 euros de alquiler o de hipoteca nos queda para comprar algunos pocos discos que nos gustan (que tampoco son baratos). Los demás van cayendo del emule. Por eso por encima de todas las excusas, de todas las trampas, vamos a salir a la calle con guitarras, historias, coherencia, trabajo. Porque lo demás son luces de colores, cantantes de laboratorio, marionetas, cultura teledirigida. Porque el mundo es mejor cuando se canta sobre él, cuando se escribe sobre él, cuando se pinta sobre él, cuando sobre él se baila.
Pirateadme, criticadme, escuchadme en mp3, pero no dejéis de asomaros a las puertas de los bares en los que suena música en directo. Dad una oportunidad a cualquier loco que a pesar de las excusas y las trampas se atreve a trabajar duro, a buscar complicidades, a gritar ARTE.