Es domingo 7 de enero de 2007 por la tarde. Son las 6,30. Llevamos desde ayer intentando comprimir un vídeo, llamando a programadores de salas, diseñando carteles para los conciertos de Francia, cambiando las cuerdas a la guitarra, grabando cds para el guitarrista nuevo (Rafa está en Irlanda), repasando el inglés para hacerme entender un poquito en los conciertos de Europa, etc. Para el que todavía crea que “los músicos no trabajan” le invito a pasar un día conmigo. Este trabajo es un 50% de burocracia, 20% de ensayos, 29% de composición en soledad y un pequeño 1% de tensión-liberación encima de un escenario. Si hiciera ese cálculo con frialdad dejaría de ser músico. Si todo fuera una cuestión de cálculo tendría que aceptar que mi trabajo no me gusta. Si todo fuera una cuestión de gustos tendría que recalcular variables y cambiar de rumbo. Pero un día llega una persona y te dice que ha pasado unos días difíciles y que ha utilizado tu disco como terapia agridulce, que ha sentido una complicidad silenciosa, que se ha reído con alguna expresión, que la soledad de sus “macarrones con tomate” ha sido una soledad compartida. Otro día llega otro amigo y me dice que se pone mi segundo disco para follar (una canción concreta que no pienso reproducir para no daros ideas). Otro día otro amigo me da las gracias por una canción que en realidad no estaba dedicada a él. Y yo primero pongo cara de sorprendido pero luego asiento pensando que total, en realidad podría haber estado dedicada a él, porque el arte es un elemento en movimiento constante, con cientos de interpretaciones y caminos que elegimos a nuestro antojo. Y después de encontrarme a esas personas o de encontrarme a mí mismo en medio de algún párrafo, me doy cuenta de que ya nada tiene que ver aquí el cálculo ni los tantos por ciento ni lo que en realidad me gusta o no. La única razón es que, me guste o no, para seguir sintiéndome honesto, después de haber encontrado una fórmula, un estilo, tengo que seguir traduciendo emociones, contagiando de ficción la realidad, buscando complicidades. Por eso mañana me levantaré y volveré a comprimir videos, llamar a programadores, diseñar carteles, cambiar cuerdas, grabar discos y tantos otros trabajos que en teoría no me gustan, trabajos a veces pesados y siempre necesarios, como eslabones grises de una cadena que acaba llevando mis miedos a tus miedos, tus versos a mis cuerdas, mis juegos a tu patio.
pero no ibas a llamarme este fin de semana. 10 años sin verme, me llamas, dices que vienes y nada. Malapersona, llama; un abrazo, Claudio.
Eso, eso, a ver si nos envias ya el cartel para el concierto de Niort. Un abrazo.